OSCAR WILDE
El escritor irlandés Oscar Wilde es encontrado culpable de "indecencia mayor", por las relaciones que ha mantenido con el hijo del marqués de Queensberry, siendo condenado a dos años de trabajos forzados. En 1897, tras cumplir condena, Wilde, que ha utilizado su conducta y sus obras para denunciar a la cínica sociedad victoriana de su tiempo, se exiliará en París, donde morirá dos años y medio más tarde.




John Douglas, marqués de Queensberry, tenía la apariencia y la forma de pensar que debe tener un aristócrata inglés de la época victoriana. Como buen caballero y deportista, su conducta era guiada por un espíritu inflamado de altruismo. Esto lo había llevado a crear nuevas reglas que hacían del boxeo un deporte más humanizado. Sin duda, el marqués era un hombre con influencias y con bastante notoriedad. Sobre todo, era un exponente de las ideas morales dominantes en los finales del siglo XIX. Su normalidad y su conducta iban en perfecta correspondencia con la normalidad y la moral de esos años. Estas virtudes del marqués serían el inconveniente que haría tropezar y caer en la ruina al más talentoso escritor del reino, el irlandés Oscar Wilde.

El marqués de Queensberry tenía un hijo, Alfred. Para desgracia del marqués, el muchacho era mal estudiante y había abandonado uno de los mejores colegios ingleses sin graduarse. Pero no era todo: tampoco le gustaba el boxeo ni los deportes. Más bien, le agradaba la poesía y escribir versos de amor. Sobre todo, divertirse en costosas fiestas privadas a la que asistía un selecto grupo afecto al sexo y al opio. Claro que estas cosas provocaban desencanto en el marqués. Pero, lo que más podía afectarlo era lo mismo que afectaría a cualquier padre normal: la homosexualidad de su hijo. Nada tan espantoso como un hijo anormal. De modo que lo anormal debía ser escondido, como lo haría cualquier persona normal. Si no se ve, no existe.
El marqués, decidido a llevar a su hijo por el camino correcto, dejó de darle dinero. No era tonto. Nada más grave para un aristócrata mantenido que quedarse sin dinero. ¿Con qué pagaría sus trajes hechos a medida y sus cenas en restaurantes costosos?
Alfred tenía suerte. En un mundo de injustas desigualdades, a él le había tocado pertenecer a la clase más alta, es decir, a la constituida por los que viven a expensas del resto. No era todo. Al encontrarse sin dinero, el destino le puso enfrente a Oscar Wilde.
Cuando esto ocurrió, ninguno de los dos lo sabía pero se habían sentado en un sube y baja. En un extremo, Alfred iría hacia arriba. En el otro, Oscar bajaría con tanto ímpetu que terminaría de traste sobre el arenero.

Oscar era hijo de intelectuales y se había educado en Oxford. Su talento literario era tanto como sus ansias de notoriedad y de ser el centro de atención en donde se encontrara. Su capacidad artística le permitía escribir obras de teatro como "La importancia de llamarse Ernesto", una novela como "El retrato de Dorian Grey", poemas, y relatos, profundos y bellos, como "El Príncipe Feliz" o "El ruiseñor y la rosa". Esteticista, ingenioso conversador, irónico y sutil, padecía del mal de muchos: ser homosexual y esconderlo.
Apenas había terminado sus estudios, mostró a su familia una novia, Florence Balcombe, que era una de las irlandesas más bellas de su tiempo. Florence, hija de un militar y acostumbrada a estar con hombres duros, se alejó rápidamente de Oscar y se casó con Brad Stoker, el autor de "Drácula". Oscar se mostró muy ofendido por el abandono y, mostrándose desdichado, juró no regresar a Irlanda. Esto le permitió viajar bastante y conseguir otra mujer para casarse. La elegida fue Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina. Constance era una buena chica y se sentía feliz de cuidar de su casa, de su marido, y de los dos hijos que tuvo con él. Claro, ignoraba que se había casado con un homosexual.